Virginia Vallejo
 
Amando a Pablo, Odiando a Escobar
 
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  La periodista Virginia Vallejo hace saber al público de los Estados Unidos, Colombia y Panamá que la telenovela “El Capo” no tiene relación alguna con su historia, ni con Pablo Escobar, ni con la hacienda Nápoles, ni con el mundo y los hechos descritos en su libro “Amando a Pablo, odiando a Escobar”. 

   Virginia Vallejo, como millones de colombianos, considera que “El Capo” es sólo otra burda apología del narcotráfico, mal actuada, inverosímil y visualmente pobre. Al contrario de “Amando a Pablo, odiando a Escobar”- una historia visualmente bella y basada en hechos reales - “El Capo” transcurre entre taxis, talleres, caletas y los sórdidos personajes del bajo mundo. Lo único que dicho narcoterrorista tiene en común con Pablo Escobar es una inmemorable escena en la que se confirma su complicidad con el Capo-Presidente de la República, sea López Michelsen, Samper Pizano o Uribe Vélez.
 
   Virginia Vallejo hace saber que, hasta la fecha, ha declinado todas las ofertas para llevar “Amando a Pablo, odiando a Escobar” a la televisión, incluyendo la de Canal RCN para Fox Telecolombia y Telefutura, e invita a la audiencia hispana a leer su libro, para que conozca la verdadera historia de pasión y terror entre Pablo Escobar y Virginia Vallejo.



                                   
                                  Edición americana, 2007.                                                                        Edición española y argentina, 2008
 

 

                    De “Los días de la Inocencia y el Ensueño”
   
                              " El Reino del Oro Blanco"



                          
 Copyright Virginia Vallejo,  2007. Prohibida su reproducción, edición o traducción.
 

   Mientras el pequeño avión carretea por la pista, alcanzo a calcular el valor que podríamos tener para un grupo guerrillero. Mi novio es sobrino del anterior presidente, Julio César Turbay, cuyo Gobierno se ha caracterizado por una violenta represión militar a los grupos insurgentes, sobretodo el M-19, cuya plana mayor ha ido a parar a la cárcel; pero Belisario Betancur, el Presidente que acaba de posesionarse, ha prometido liberar y amnistiar a todos los alzados en armas que se acojan a su Proceso de Paz. Miro a los niños de Aníbal y el corazón se me encoje: Juan Pablo de once años y Adriana de nueve son ahora los hijastros del segundo hombre más rico de Colombia, Carlos Ardila Lülle, hombre de legendaria maldad y dueño del monopolio de las embotelladoras de bebidas gaseosas del país. En cuanto a los amigos que nos acompañan, Olguita Suárez - quien en unas semanas contraerá nupcias con el simpático cantautor español Rafael Urraza, organizador del paseo - es hija de un millonario ganadero de la Costa Atlántica y su hermana está comprometida con Felipe Echavarría Rocha, miembro de una de las dinastías industriales más importantes de Colombia; Nano y Ethel son decoradores y marchands d’art, Ángela es una top model, y yo soy una de las presentadoras de televisión más famosas del país. Sé perfectamente que, de caer en manos de la guerrilla, todos los integrantes del avión entraríamos en su particular definición de oligarcas y en consecuencia de “secuestrables”, adjetivo tan colombiano como el prefijo y sustantivo “narco”, del que hablaremos más adelante.  

  Aníbal ha enmudecido y luce inusualmente pálido. Sin tomarme el trabajo de esperar sus respuestas, le disparo dos docenas de preguntas seguidas:

 - ¿Cómo supiste que éste sí era el avión que habían mandado por nosotros? ¿No te das cuenta de que nos estén secuestrando?... ¿Cuántos meses nos irán a retener cuando sepan que la mujer de Carlos Ardila es la madre de tus niños? ¡Ni te sueñes que ese viejo avaro va a pagar un centavo de rescate por tus hijos!... Y éstos no son guerrilleros pobres: ¡mira las armas y los tenis! Pero ¿por qué no me dijiste que trajera mis zapatos tenis o mis botas? ¡Ay, Dios! Estos secuestradores me van a hacer caminar por la selva durante días en sandalias Gucci y sin sombrero de paja… Pero ¿por qué no me dejaste empacar mi jungle-wear con calma, Aníbal?... ¿Y por qué aceptas invitaciones de políticos desconocidos? ¡Los guardaespaldas de la gente que yo conozco no le apuntan a los invitados con ametralladoras! ¡Caímos en una trampa, claro, porque por vivir metiendo cocaína ya no sabes dónde está la realidad! Si salimos de ésta vivos no me caso contigo, ¡porque te va a dar un infarto y no pienso quedarme viuda a los treinta y dos años!

  Aníbal Turbay es grande, guapo y libre, amoroso hasta el cansancio y generoso con sus palabras, su tiempo y su dinero a pesar de que no ser multimillonario, como todos mis ex novios. Es igualmente adorado por su ecléctica colección de amigos - como Manolito de Arnaude, buscador profesional de tesoros - y por centenares de mujeres cuyas vidas  se dividen en “antes de Aníbal” y “después de Aníbal”. El único defecto de mi prometido es una irremediable adicción al polvillo nasal; yo lo abomino, pero él lo adora por encima de sus niños, de mí, del dinero, de todo. Antes de que el pobre pueda responder a mi andanada, la portezuela del avión se abre y entra aquel vaho del trópico que invita a disfrutar de lo que en mi país sin estaciones llamamos Tierra Caliente. Dos de los hombres armados suben y, tras observar nuestros rostros estupefactos, exclaman:

- ¡Ay, Dios! ¡Ustedes no nos van a creer: esperábamos unas jaulas con una pantera y varias tigresas, y parece que las mandaron en otro avión! ¡Mil perdones, señores! ¡Qué vergüenza con las damas y los niños! ¡Cuando el patrón se entere, va a matarnos!

 Nos explican que la propiedad tiene un zoológico muy grande y, evidentemente, hubo un problema de coordinación entre el vuelo de los invitados y el que traía a las fieras. Y, mientras los hombres armados se deshacen en excusas, los pilotos descienden del avión con la expresión indiferente de quien no tiene que dar explicaciones a extraños, porque su responsabilidad es la de respetar un plan de vuelo y no la de revisar la especie de los cargamentos.

 Tres Jeeps nos esperan para conducirnos hasta la casa de la hacienda. Me coloco las gafas de sol y el sombrero de safari, desciendo del avión y - sin saberlo ni darme cuenta - pongo pie firme en el lugar que cambiará mi vida para siempre. Subimos a los vehículos y, cuando Aníbal me rodea los hombros con su brazo, quedo tranquila y me dispongo a disfrutar de cada minuto restante del paseo.

- ¡Qué lugar más bello! Y parece enorme. Creo que este viaje va a valer la pena… - le comento en voz baja, señalándole a dos garzas que levantan vuelo desde una orilla lejana.

  Absortos y en completo silencio contemplamos aquel escenario magnífico de tierra, agua y cielo que parece extenderse más allá del horizonte. Siento una ráfaga de felicidad de esas que no se anuncian, te invaden de pronto y te envuelven toda y, luego, se van sin despedirse. Desde una cabaña en la distancia llegan las notas de “Caballo Viejo” de Simón Díaz en la voz inconfundible de Roberto Torres, ese himno de la llanura venezolana que los hombres mayores han adoptado como propio en todo el continente y cantan al oído de potras alazanas cuando quieren soltarse la rienda con la esperanza de que ellas también suelten la suya. “Cuando el amor llega así, de esta manera, uno no se da ni cuenta…..”, advierte el cantor mientras va narrando las proezas del viejo semental. “Cuando el amor llega así, de esta manera, uno no tiene la culpa…...”, se justifica el llanero para terminar conminando a la especie humana a seguir su ejemplo “porque después de esta vida no hay otra oportunidad”, en tono tan pleno de sabiduría popular como de cadencias rítmicas, cómplices de algún aire tibio cargado de promesas.

  Estoy demasiado feliz y embebida en aquel espectáculo como para ponerme a preguntar por el nombre, o la vida y milagros, de nuestro anfitrión.

- Así debe ser el dueño de todo esto: uno de esos políticos zorros y viejos, llenos de plata y de potras, que se creen El Rey del Pueblo - me digo reclinando otra vez la cabeza en el hombro de aquel grandulón hedonista, cuyo amor por la aventura murió con él sólo unas semanas antes de que yo pudiera reunir las fuerzas para comenzar a narrar esta historia, tejida de instantes congelados en vericuetos de mi memoria y poblada de mitos y de monstruos que jamás deberían ser resucitados.


 

                                                       Te invitamos a VirginiaVallejo.com  y LovingPablo.com
 

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El Presidente Correa de Ecuador enseña Amando a Pablo, odiando a Escobar de Virginia Vallejo a la Prensa en 2008 y 2009.

 

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