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DE LOS DÍAS DE LA
AUSENCIA Y EL SILENCIO
(Copyright Virginia Vallejo, Random House Mondadori 2007. Prohibida su
reproducción, edición o traducción.)
Y recuerdo esa
noche de uno de aquellos días cuando mi amante de treinta y tres años
recibía casi cien millones de dólares mensuales, era amado por la belleza
elegante más famosa de su país y, orgulloso a más no poder, salía de la casa
de ella con todos sus mejores amigos camino de la de Alfonso López, el
presidente más poderoso de Colombia, con el sueño secreto de convertirse él
también, algún día, en presidente. Esa noche ominosa como la del Nocturno de
Silva - la del videocasete con el futuro ministro Lara - cuando Pablo por
vez primera había adivinado, quizás visualizado con auténtico espanto, la
posibilidad de perder todo aquello que le había caído del Cielo casi tan
súbitamente como le había llegado a manos llenas y a los brazos. Esa noche
imposible de olvidar en la que todos los felices presentes hicimos caso
omiso de “La Canción Desesperada” que cierra esa obra fatalista y cargada de
ternuras que inspiró Il Postino. Ahora, cumplidas todas sus
premoniciones, materializados todos sus terrores, me sumerjo en el dolor
desgarrador y de profundidades oceánicas que describe como nada la ignominia
de aquel destino suyo, condenado y maldito como el de Judas, y toda la
tragedia de aquel destino nuestro hecha de la impotencia suya para cambiar
nada y de la impotencia mía para cambiarlo a él:
“En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
Oh sentina de escombros, qué dolor no exprimiste!
Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
y en él cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio.
Es la hora de partir. Oh abandonado!”
Ahora él está dormido por toda la eternidad y en esa tierra yerta ahora yace
solo…Y me pongo a recordar cómo, cuando él me creía dormida, me besaba
suavemente para no despertarme…y luego volvía a hacerlo una y otra vez, para
ver si estaba despierta… Cómo me decía que me cabía todo el Universo en el
corazón y yo respondía que sólo quería que me cupiera todo el de él… Ese
enorme corazón de oro del hombre que, delante del mío, ante mis ojos
espantados y sin que yo pudiese hacer nada para impedirlo, se fue tornando
en el enorme corazón de plomo del monstruo… Ese corazón de león que no pudo
cambiar nada pero me enseñó a sentirlo todo y a llorar por lo que no se pudo
cambiar para que, en un día claro y no muy lejano, toda esa ira y aquellos
anhelos suyos pudiesen viajar junto a los dolores míos en mis libros y en mi
historia.
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