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Edición americana, 2007. Edición
española y argentina, 2008
De “Los días de la
Inocencia y el Ensueño”
Dos futuros presidentes y 20 poemas de amor
Copyright Virginia Vallejo, 2007. Prohibida su reproducción, edición o
traducción.
Tras ser expulsado del movimiento
de Luis Carlos Galán, Pablo se ha unido al del senador Alberto Santofimio
Botero, jefe liberal del Departamento del Tolima y discípulo entrañable de
Alfonso López Michelsen. El ex presidente más poderoso de Colombia es el
nieto de un sastre tolimense y el hijo de Alfonso López Pumarejo, el
presidente que en 1939 encerró en campos de concentración - por el crimen de
ser alemanes y no tener pasaporte - a los judíos rechazados por Cuba,
quienes, para ser admitidos en Colombia, habían tenido que traspasar primero
sus bienes al más astuto y ambicioso de los hijos del señor Presidente de la
República.
Santofimio es también primo carnal de Gloria Valencia de Castaño,
hija ilegítima de un tío suyo y consuegra de Alfonso II. Entre el público,
la pequeña mujer es conocida como “La Primera Dama de la Televisión
Colombiana”, pero entre las clases altas y los taxistas bogotanos se ha
murmurado siempre que es propietaria de burdeles. Detrás de su aspecto
matronil, elegante voz de locutor profesional y cada uno de sus calculados
gestos y palabras, la prima de Santofimio oculta una legendaria persistencia
para destruir en segundos, con la velocidad fulminante del escalpelo de un
neurocirujano, la honra de cualquiera que se atreva a musitar una sola
palabra sobre el origen bastardo de su familia, el aún más ilegítimo de su
patrimonio o su amante negro, Toby Setton, el enamorado de Lily Urdinola.
Pero, sobretodo, la reputación de cualquier estrella de los medios que
pudiera llegar a disputarle algún día el trono que se ha propuesto legar a
su única hija, Pilar Castaño. Discípula de su madre en todo tipo de artes,
la mujer de cuerpo esquelético, sonrisa torcida como mueca de calavera y
rostro de rasgos masculinos y angulosos apenas disimulados entre largos
cabellos de seda se ha casado con otro monárquico furibundo: su alma gemela,
Felipe López, uno de los tres hijos de López Michelsen y Cecilia Caballero.
Con el fin de conocer en detalle la opinión de los altos
funcionarios sobre el jefe del estado, “alias Felipillo” - como se conoce al
ex Secretario Privado de la Presidencia entre la clase política y los
periodistas bien informados - nunca tuvo empacho en llevar a su cama a las
esposas de los ministros de su padre, ni tampoco inconveniente en que sus
mejores amigos tomaran prestada a la suya, siempre y cuando cumplieran con
un requisito sine qua non: convertirse en testaferros de la familia
presidencial. Tres generaciones de víctimas de los López han bautizado a
Pilar Castaño como “La Perra Lassie”, no sólo por su admirable aplicación
para intentar olvidar entre una infinita sucesión de adulterios su total
ausencia de femineidad o encanto, sino por la burda sevicia de la que hace
gala para envenenar a la sociedad y a la prensa contra toda mujer que
despierte la admiración masculina o contra toda profesional de la pantalla
que inspire el amor del público.
Para controlar a los organismos de seguridad y los cargos oficiales
y diplomáticos claves en los gobiernos venideros, los parientes de
Santofimio han juntado sus talentos con el propósito de manipular a los
medios de comunicación y moldear a su antojo el subconsciente colectivo.
Como necesitan obtener los fondos que les permitirán refinanciar - sin tener
que arriesgar un centavo propio - a la revista familiar que ven como la
primera piedra de un conglomerado mediático diseñado para ordeñar las pautas
publicitarias del Estado y vengarse de todo aquel que ose denunciar los
ardides utilizados en la conservación del poder y las mordidas resultantes
de su repartición por cuotas, los López necesitan recursos mucho más amplios
que los de sus embajadores y burócratas. Y “El Monarca” López Michelsen, sus
hijos y su nuera, tan expertos en conspiraciones cortesanas como en la
legendaria mezquindad de los magnates embotelladores, han pactado con el
diablo: saben que, por razones que no son precisamente las morales, en un
país tan clasista y racista como Colombia el criminal más rico y seguro de
sí mismo es, su vez, el parlamentario más inseguro socialmente: en
consecuencia, está obligado a ser el más generoso, y también el más
discreto, con la familia política - y los parlamentarios de la familia
política - que maneja aquella república bananera y cafetalera como si fuese
sólo una extensión de su hacienda, “La Libertad”.
Para preocupación de Alfonso López, pero para suerte de Gloria
Valencia - quien, de haber sido reconocida por el tío de Santofimio Botero,
se llamaría Gloria Botero -, el representante suplente Pablo Escobar ha
resultado ser nada menos que el amante de quien en los últimos años se ha
ido convirtiendo en la estrella más popular de los medios de comunicación. Y
para deleite de Pilar de López, un mejor negocio que todos los bordellos de
Bogotá juntos acaba de aparecer en su horizonte: la posibilidad de exprimir
a la ingenua esposa del ambicioso congresista de provincia y, de paso,
utilizarla fríamente para acabar con la carrera y la honra de la rival de
ambas: Virginia Vallejo.
Diez años después, será la manipulación de los elementales
herederos de la fortuna de Escobar por parte de aquellas mentes perversas de
mádams y bastardas entroncadas con políticos nacidos sólo para el ejercicio
del nepotismo y todas las formas de la depravación y la calumnia disfrazadas
de periodismo las que finalmente llevarán a la tumba al multimillonario
convertido en terrorista y experto en el precio del marido y los hijos de
Cecilia Caballero. Y veinticinco años después, será la nieta de ésta, María
López de Vegalara - alias “María Vergalarga, el Macho Cabrío” por su
ferocidad para ultrajar por parejo a hombres y mujeres con ayuda de esbirros
de la talla del hijo del pedófilo Enrique Santos y los sodomitas Antonio
Caballero y Felipe Zuleta - quien utilizará mi imagen limpia de 1981 para
promocionar desde su revista los rentables burdeles, ahora en línea, de su
familia y cumplir con el juramento de su padre y sus medio hermanos,
concebidos en los patios de la Cárcel Modelo de Bogotá mientras su madre
Pilar servía de testaferro a uno de los convictos miembros de la “Banda de
Los Picas”, de acabar con mi honra, mi carrera y mi pan para llevarme,
también a mí, a la tumba.
En cada elección presidencial y senatorial colombiana el caudal de
votos santofimistas constituye parte sustancial del total obtenido por el
candidato del Partido Liberal, que supera al conservador en número de
votantes y de presidentes electos. Santofimio es carismático y tiene fama de
ser, además de un excelente orador de plaza pública, el político más hábil,
ambicioso y sagaz del país. Tiene alrededor de cuarenta años y se perfila
como aspirante fijo a la Presidencia de la República. Como su prima Gloria
Valencia, el político tolimense es un hombre de baja
estatura, figura rechoncha y rostro sonriente y satisfecho; nunca hemos sido amigos, pero me simpatiza y siempre lo he
llamado Alberto.
Pocos meses antes de conocernos, Escobar y Santofimio habían
asistido con otros congresistas colombianos a la posesión del Presidente de
Gobierno español, el socialista Felipe González, cuyo hombre de confianza,
Enrique Sarasola, está casado con la colombiana Cecilia Marulanda. A
González lo había entrevistado yo para televisión en 1981 y a Sarasola lo
había conocido en Madrid durante mi primer viaje de luna de miel. Con
expresión terriblemente seria, Pablo me ha descrito la escena en la que los
otros parlamentarios de la comitiva le pedían cocaína de regalo en una
discoteca madrileña y él reaccionaba insultado. Y yo he confirmado lo que ya
sabía: que el Rey de la Coca parece detestar, casi tanto como yo, el
producto de exportación sobre el cual está construyendo un auténtico imperio
libre de impuestos. La única persona a quien Pablo Escobar ha regalado rocas
de cocaína sin que tuviera siquiera que pedirlas es el anterior novio de su
novia. Y no lo ha hecho precisamente por razones humanitarias o
filantrópicas.
Como en 1983 los senadores liberales Galán y Santofimio son las dos
más seguras opciones de relevo generacional para el período presidencial de
1986-1990, Pablo y Alberto se han convertido en aliados encarnizados contra
la candidatura presidencial de Luis Carlos Galán. Escobar me ha confesado
que, para las elecciones parlamentarias de 1984, le está inyectando millones
al movimiento político de Santofimio. Intento convencerlo de que es hora que
llame al recipiente de sus donaciones por su primer nombre - como hace el
cervecero Santo Domingo con Alfonso López - pero Pablo siempre le dirá
“doctor” a su candidato. En los años siguientes, “El Santo” será el enlace
de Escobar y todo su gremio con la clase política, la burocracia, el Partido
Liberal y la llamada Casa López; incluso con sectores de las Fuerzas
Armadas, porque otro primo de Santofimio es hijo de un conocido general del
Ejército. El muchacho está casado con la hija de un tal Gilberto Rodríguez,
nombre que he oído mencionar un par de veces, en voz baja y con un cierto
tono de admiración. Pero jamás en presencia de Pablo.
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Hoy estoy radiante de felicidad. Pablo viene a las sesiones del
Congreso en Bogotá y, por fin, va a conocer mi apartamento. Y dice que me
trae otra sorpresa! El pétalo de cada rosa está perfecto y todo el resto
también: mi música de bossa nova en el estéreo, la champaña rosé en la
nevera, mi perfume favorito, el vestido de París y “Los Veinte Poemas de
Amor” de Pablo Neruda sobre la coffee table. Mi amiga Clara - a quien quiero
como una segunda madre - ha venido desde Cali, porque vende antigüedades y
se propone ofrecerle a Pablo un Cristo del siglo XVIII para el padre Elías
Lopera. Por el momento, sólo ella, Margot, Martita y los socios de Pablo
conocen nuestra relación.
Suena el timbre y, como si tuviera alas en los pies, desciendo
volando las escalerillas que separan el estudio y los tres dormitorios de la
parte social de mi apartamento, que tiene casi doscientos veinte metros
cuadrados. Pero, al llegar al salón, me encuentro a boca de jarro no sólo
con el candidato y su patrocinador, sino con un grupo de acompañantes y
guardaespaldas de Pablo que me examinan de pies a cabeza con mirada
insolente antes de descender en el ascensor para esperar a su patrón en los
garajes o a la entrada del edificio. El elevador vuelve a subir con otra
docena de hombres y vuelve a bajar con media. La escena se repite tres
veces, y tres veces lee Escobar el disgusto en mi rostro. Todo en mi
expresión de reproche le advierte que ésta será la primera y última vez en
la vida que yo le permita entrar con escoltas o desconocidos al sitio donde
vamos a encontrarnos o donde yo lo estoy esperando.
A lo largo de los años veré a Pablo unas doscientas veinte veces,
casi ochenta de ellas rodeado de un ejército de amigos, seguidores,
empleados o guardaespaldas. Pero, a partir de aquel día, él subirá a
nuestros dos apartamentos y a mis suites completamente sólo, o al llegar a
las casitas campesinas ordenará a sus hombres esfumarse antes de que ellos
puedan verme. Esta noche él ha comprendido en instantes que, para visitar a
la mujer que ama - y que, de paso, es una diva - un hombre casado no puede
actuar como un general, sino que debe comportarse como cualquier enamorado;
también, que el primer reconocimiento que un amante debe a otro es una
confianza casi ciega. Por el resto de nuestros días juntos, yo le agradeceré
siempre con gestos - jamás con palabras - su tácita aceptación de las
condiciones impuestas en esa noche con tan sólo aquellas tres miradas.
Clara y yo vamos saludando a Gustavo Gaviria, a Jorge Ochoa y a sus
hermanos Juan David y Fabito, a Gonzalo El Mexicano, a Pelusa Ocampo - dueño
del restaurante donde a veces cenamos - a Guillo Ángel y a su hermano Juan
Gonzalo, y a Evaristo Porras, entre otros. Me parece que este último luce
bastante asustado porque le tiembla la quijada, pero Pablo me explica que el
hombre ha consumido cocaína en cantidades industriales. Como a Aníbal Turbay
jamás le castañetearon los dientes, concluyo que Evaristo debe haberse
“metido” por lo menos un cuarto de kilo. Tras amonestarlo en privado, Pablo
le pide que le entregue un videocasete, lo despide empujándolo suavemente
hacia el ascensor, como si fuese un niño regañado, y le da orden de regresar
al hotel y esperarlos allí. Luego me dice que debemos ver la grabación,
porque quiere pedirme un favor con carácter urgente; dejo a Clara a cargo de
los invitados, y él y yo subimos al estudio.
Como cada vez que nos vemos Pablo y yo pasamos siete u ocho horas
juntos, él ya me ha ido confiando algunas generalidades de su negocio. Esa
noche me explica que Leticia, la capital del Amazonas colombiano, se ha
convertido en punto clave para el tránsito de la pasta de coca desde Perú y
Bolivia hacia Colombia y que Evaristo Porras es el hombre de su organización
en el Sur oriente del país. Me cuenta que, para justificar su fortuna ante
el fisco, su socio ha comprado tres veces el tiquete al ganador de El Gordo
de la Lotería, y por esta razón tiene fama de ser ¡el hombre más suertudo
del mundo!
Encendemos el televisor y aparece en pantalla la figura de un señor
joven que conversa con Porras sobre lo que parece ser un negocio de
cuestiones agrícolas; por falta de iluminación, las imágenes son borrosas y,
por culpa de un sonido bastante precario, los diálogos tampoco son
totalmente claros. Pablo me dice que se trata de Rodrigo Lara, mano derecha
de Luis Carlos Galán y, por lo tanto, archienemigo suyo y de Santofimio. Me
explica que lo que Evaristo está sacando de un paquete es un cheque de un
millón de pesos - unos treinta mil dólares de 1983 - producto de un soborno,
pero me confiesa que la grabación del encuentro ha sido cuidadosamente
planeada por él y su socio con el camarógrafo, quien se encuentra oculto
entre las ramas de un árbol. Cuando terminamos de ver la cinta, Pablo me
pide que denuncie a Lara Bonilla en mi programa de televisión, “¡Al
Ataque!”.
Y yo me niego. Rotunda y terminantemente.
- Pablo: ¡también tendría que denunciar a Alberto, que está allá abajo en el
salón con todos tus socios, por recibir de ti sumas muy superiores, y a
Jairo Ortega, tu principal en la Cámara, y a quién sabe cuántos más! ¿Qué
tal que mañana tú me entregaras la plata del Cristo de Clara y alguien me
grabara para poder decir que fue producto de un negocio de coca, sólo porque
tú me la diste? A lo largo de mi vida he sido víctima de mil calumnias y por
eso jamás uso mi micrófono para dañar a nadie. ¿Cómo sé que Lara no está
haciendo un negocio lícito con Porras, más cuando me dices que esto fue un
montaje planeado por ustedes? Tienes que entender que una cosa es que yo
exhiba en mi programa de televisión aquel basurero infernal y tus
impresionantes obras sociales, y otra que me convierta en cómplice de
ardides para atacar a tus enemigos, sean culpables o inocentes. Yo quiero
ser tu ángel guardián, mi amor. Pídele a otro que te haga ese favor; a
alguien que quiera ser tu víbora.
Él me mira estupefacto y baja la vista en silencio. Como veo que no
quiere enfrentarme, continúo: le digo que yo lo entiendo como nadie, porque
también soy de los que nunca perdonan y jamás olvidan, y añado que si todos
decidiéramos un día acabar con quienes nos han hecho daño, el mundo se
quedaría sin habitantes en segundos. Intento hacerle ver que con su suerte
en los negocios, en la familia, en la política, en el amor, debería
considerarse el hombre más afortunado de la Tierra, y le ruego que olvide ya
esa espina que lleva enquistada en el corazón y que va a terminar por
engangrenarle el alma.
Se pone en pie como un resorte. Me abraza con fuerza y me mece
largamente, como si no quisiera dejarme ir nunca. Él me mece suavemente,
dulcemente, tiernamente, con esa silenciosa forma de disculparse de los hombres
orgullosos. Y no hay nada, nada en el mundo que pueda hacerme más feliz
porque, desde el día en que Pablo me salvó la vida, aquellos brazos suyos me
transmiten toda la seguridad y protección que una mujer pudiera anhelar.
Besándome en la frente y oliendo mi perfume, recorre mi espalda con sus
manos una y otra vez mientras me va diciendo que no puede perderme porque me
necesita a su lado para un montón de cosas. Luego, mirándome a los ojos,
exclama de pronto con una sonrisa:
- ¡Tienes toda la razón. Perdóname. Regresemos ya al salón!
Y a mí me vuelve el alma al cuerpo. Pienso que él y yo seguimos creciendo
juntos, como dos arbolitos de bambú.
Muchos años después me preguntaré si, tras aquellos largos
silencios cabizbajos de Pablo, había realmente esa sed de venganza de la
cual me hablaba siempre, o sólo presentimientos aterradores e inconfesables.
¿No serán, acaso, las premoniciones vivencias anticipadas del futuro que se
nos viene encima como una locomotora desbocada, sin que podamos hacer nada
para evitarlo, ni detenerlo, ni desviar su curso?
Cuando bajamos, todo el mundo está feliz y Clara y Santofimio
recitan a dúo los versos más famosos de Los Veinte Poemas de Amor de Neruda:
“Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca”
“En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito!”
“Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise!”
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido!”
“Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos”
“Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido…”
Pablo y yo los interrumpimos y pedimos que nos dejen escoger los
nuestros.
- Dedícame éste: - le digo riendo - “Para mi corazón basta tu pecho, para tu
libertad bastan mis alas.” ¡Tus veinticuatro alas, las de los once aviones y
las dos del Jumbo!
- ¿Conque eso es lo que quieres, bandida, escaparte de mí? Ni te sueñes! Y
quién ha dicho que yo sólo quiero tu pecho? Yo te quiero completica, y tu
verso es éste:
“¡Cómo te sienten mía mis sueños solitarios!”- y lo subraya varias veces. -
Y este otro: “Tienes ojos profundos donde la noche alea, frescos brazos de
flor y regazo de rosa.” Te los dedico, ¡con autógrafo y todo!
Después de firmar con su nombre, dice que ahora quiere regalarme un poema
suyo que sea exclusivamente para mí. Tras pensar unos segundos, escribe:
“Virginia:
No pienses que si no te llamo,
No te extraño mucho.
No pienses que si no te veo,
No siento tu ausencia.
Pablo Escobar G.”
Me parece que tantos NO son algo extraños, pero me guardo el
comentario; celebro su rapidez mental y agradezco el regalo con mi más
radiante sonrisa. Santofimio también me dedica el libro: “Virginia: Para ti,
la discreta voz, la señorial figura, la (dos palabras ilegibles) de nuestro
Pablo. AS.”
Hacia las ocho de la noche los capi di tutti capi y su
candidato de despiden porque deben atender un compromiso social “de muy, muy
alto nivel”. Clara está feliz porque le vendió el Cristo a Pablo en diez mil
dólares, y ha escrito en el libro de poemas que no ve la hora de verlo
convertido en Presidente de la República. Cuando ella se retira y sus socios
ya han descendido, él me confiesa que todo su grupo se dirige ahora al
apartamento del ex presidente Alfonso López, pero me ruega que no lo comente
con nadie.
- ¡Por ahí es la cosa, mi amor! ¿Para qué te preocupas por esos galanistas,
si tienes acceso al presidente más poderoso, más influyente, más
inteligente, más rico y, sobretodo, el más práctico de este país? No pienses
más en Galán ni en Lara! Sólo sigue adelante con Civismo en Marcha y
Medellín sin Tugurios, que la Biblia dice: “Por sus obras los conoceréis.”
Me pregunta si voy a acompañarlos en las giras políticas y, con un
beso, le digo que para eso sí puede contar conmigo. Siempre.
- Pues comenzamos la semana entrante. Quiero que sepas que no puedo llamarte
a diario para decirte las locuras que se me pasan por esta cabeza, porque
mis teléfonos están intervenidos. Pero pienso en ti todo el tiempo. Y no
olvides nunca, Virginia, que…
“A nadie te pareces desde que yo te amo.”
Pablo Escobar and Virginia Vallejo
 
It's complicated! Carolyn Castano, Walter Maciel Gallery, Los
Angeles, April - May 2009
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